
El ser humano ya no sueña, ya no vive, ya no llora, ya no muere, dejó de existir
La ilusión del niño, por entrar a estudiar, enfrentarse a nuevas realidades, se prolonga por años, lustros y decenios interminables, para algunos el estudio es perpetuo y para otros termina en la obligación de los doce años en donde las letras no atrapan a todos, y a algunos las sienten más que ajenas, diferentes, impropias, y hasta odiadas.
Las letras que en ocasiones son vértices de libertad, se tornaban en cadenas, modelos viejos, inamovibles, caducos, pero oficiales, porque de ellos sólo muy pocos podrán crear, creer y generar nuevos mundos, la voz del filósofo, surge, molesta, inquieta, seduce, motiva ir más allá de los vicios del postmodernismo deja y que el propio neoliberalismo se encargó de dejar huérfanos de patria a todos.
No basta con ser un profesional que genera una actividad repetitiva todo el tiempo y en esa repetición desayuna lo mismo, y cena lo mismo con los mismo, y hablan de lo mismo, para ir a los mismos lugares y volver a casa para lavar lo mismo, hasta que los huesos se cansan y la tierra los espera.
Es el mismo sonido, que nadie se atreve a cambiar, es la moda que se impone, que le imponen, que le dan a tragar, a beber, a vomitar una y otra vez hasta que sea un autómata, sin sueños, sin ideas, solo un número en la lista interminable de seres invisibles.
El verde dejo de serlo, el amarillo y hasta el rojo, ya nada importa porque los colores dejaron de ser lo hermoso del mundo, sus combinaciones, entre la naturaleza, la modernidad y los objetos de uso cotidiano. El dibujo del niño que entrega al papá en sus manos y era motivo de alegrías, pasa a ser un instante y volver a pensar en el mañana inmediato.
Creando verdugos esclavizados.
#Municipalidades #ElPoder de la Información #Puebla #Opinión #RománSánchezZamora
