
Las necesidades infinitas, los sueños irreales, los anhelos de la esperanza
Te levantas, todo sigue igual. Llevas veinte años alimentando la misma vida, comienza la semana con una pesadez, la inercia laboral, escolar, de actividades no cambia, revisas tu mirada y poco a poco comienza a caerse la piel de los ojos, te das cuenta que hay barba blanca que antes no había, revisas tu ropa, es vieja, es fea, la voz comienza a mezclarse con tonos más gruesos, flemas y de momentos se logra ver en mi garganta tonos desconocidos, me prometo ir al médico como hace seis meses.
Salgo de casa, camino, entro al coche de alquiler, revisas sus manijas sucias, los asientos con brillo de mugre acumulada en las orillas, la música es detestable, deseo estar en silencio, pero nada digo porque no deseo ninguna charla con algún desconocido.
–¿Al trabajo jefe?
-Así es, así como ayer, y mañana, y el fin de mes.
-Se nota cansado, hay que relajarse. Yo llevo un año sin cambiar este empleo que según era por una semana y he perdido la mayor parte de mi vida, es pesado, pero debo hacer 16 horas manejando, hoy conozco lugares que ni sabía que existían en la ciudad.
Lo observo, sus manos con callos, requemadas por el sol, unos dedos amarillentos, se nota que ha fumado mucho, sus ojos tiemblan, sus labios no dejan de moverse en un temblor interminable, su cabello descuidado, se nota su alopecia que hace notan su estrés, veía que sudaba y se limpiaba.
Bajé del vehículo, no era por compararse con los más desafortunados, siempre busca uno más, pero también está en analizar el por qué me siento con el mundo encima cuando este caballero pendía su atención de un hilo, supuse.
Me dejó pensando, que hay fortunas que debemos atender, cuidar, pero se deben buscar caminos de manera permanente.
