
La indiferencia del poder vuelve a lo humano cuando le toca vivir lo que ellos causaron
Observas la calle.
¿Por qué siempre la barre a la misma hora, el mismo color de escoba, de recogedor, una cubeta similar a la que dice mi mamá que lo hacia su esposa? En su jubilación celebraron; se fueron a comer al mismo lugar donde se conocieron a dos horas de distancia, ya no eran las mismas carreteras ni el coche ni la música, pero él trato de recrearlo por lo menos con la música, los nuevos éxitos de los 45 años de distancia.
Ojalá hubiera sido una enfermedad se decía una y otra vez, porque le habría permitido luchar por ella, por un minuto más de charlas.
Le hubiera abandonado, así sabría quién fue más objetivo que él, y se preguntaría una y otra vez sobre sus vidas y fallos.
O quizá un accidente, así habría llegado, ayudado, quizá ver su cuerpo tendido le habría reconfortado más que esta realidad, porque entonces se habría echado la culpa cada día de su vida por no tener tiempo ese día para llevarle, a dónde, no lo sabía, pero todo quizá habría pasado muy rápido.
O quizá ser parte de un asalto al banco y los delincuentes en ella habrían descargado todo su odio y rencor; seguro ella los habría perdonado y hasta habría orado por ellos.
Ella fue uno más de esos números que se van borrando con el tiempo, en donde las cámaras no sirvieron, en donde nadie sabe más de la gente, como si hubieran sido fantasmas de una sociedad que vive mas preocupada por ser un numero y no faltar a sus registros como en la sociedad de Kafka sumergida en esa metamorfosis.
Una desaparecida más, una mujer menos, tristeza eterna que lucha por saber qué fue de su cuerpo y poder llorar su pérdida a su lado.
