
En el romanticismo, realismo, estoicismo, la generación del veintinueve; la muerte es la misma
Las ansias, los suspiros, el tratar de abrazar lo ausente, y nuevamente llega el anhelo al infinito, llegan entonces los recuerdos, las risas escandalosas, sonoras que mueren en el hueco de una pared que reflejó nuestras voces y risas, las miradas al ver animales, valles, nubes inexistentes y volvían las sonrisas porque no hacía falta ir al cine, solo era disfrutar una lectura o hasta el sonido perdido a lo lejos de una canción.
Un día no volvió más, un día las voces ya no se escucharon, solo dijo que buscaría nuevos mundos, nuevas oportunidades; me enteré con el tiempo que salía con otra persona, me alegré de que fuera feliz, que fuera la luz de otras vidas cuando supe que había tenido un hijo, luego otro, la familia era parte de su mundo, allí donde nos vimos varias veces.
Un día la sonrisa desapareció de su rostro, se veía la palidez en sus labios.
Sus manos se curtieron.
Su cabello dejó de ser brillante.
Sus huesos comenzaron a ser evidentes bajo esa piel reseca.
Nunca fue el vicio del alcohol o las drogas parte de su vida.
Su aliento, su lengua denotaba un hedor que no permitía la cercanía como en esos lejanos días.
Su mamá no tenía la sonrisa y el suspiro de saber del nuevo cumpleaños. Su papá hacía dobles turnos para poder solventar esos dolores, esos gritos, esos quejidos que se reflejaban en sus ojos suplicando sin decirlo el fin de sus días.
Las lluvias llegaron, nuevos dolores y hedores la humedad del ambiente. Llegaron los fríos, nuevos dolores, nuevos ecos de súplicas, nuevas oraciones.
El calor en esa casa fue parte de los últimos días, de las últimas visitas, comidas y sonrisas suplicantes; como hace más de cien años, la muerte sigue siendo la misma.
