
México vive un momento inédito: por primera vez una mujer encabeza el Poder Ejecutivo federal. La llegada de Claudia Sheinbaum a la presidencia simboliza un avance político que hace apenas unas décadas parecía improbable. A ello se suma la consolidación de la paridad en candidaturas y cargos públicos, uno de los cambios institucionales más profundos de la democracia mexicana reciente.
Sin embargo, la igualdad formal no necesariamente significa igualdad real.
Cada 8 de marzo vuelve a abrirse la misma pregunta de fondo: ¿hasta qué punto la mayor presencia de mujeres en la política ha transformado la vida cotidiana de millones de ellas?
La respuesta, al menos por ahora, parece ser ambivalente. En Puebla, por ejemplo, los datos muestran avances y pendientes al mismo tiempo.
El contraste se observa con claridad en Puebla. La participación económica de las mujeres alcanza el 45.1%, incluso por encima del promedio nacional, como se recordaba recientemente en una columna del periodista Fernando Crisanto. También se ha reducido la brecha salarial en los últimos años.
Y detrás de esos avances persiste una realidad mucho más compleja.
De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares del INEGI, el 70.8% de las mujeres en Puebla ha experimentado algún tipo de violencia a lo largo de su vida.
Además, en 2025 se registraron cerca de cinco mil llamadas de auxilio por violencia contra mujeres en la capital poblana.
Es decir, mientras la igualdad avanza en las leyes y en la representación política, la desigualdad persiste en la vida cotidiana.
Las cifras hablan por sí solas.
Las mujeres siguen destinando más del doble de tiempo que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, una desigualdad silenciosa que rara vez aparece en los discursos políticos, pero que define buena parte de las oportunidades reales en el mercado laboral y en la vida pública.
Es decir, mientras la igualdad avanza en las leyes y en la política, la desigualdad persiste en la vida cotidiana.
No es un fenómeno exclusivo de México.
A nivel mundial, organismos como ONU Mujeres advierten que, al ritmo actual, la igualdad de género plena podría tardar más de un siglo en alcanzarse.
La brecha no es sólo económica o política: es cultural.
Y ahí está el verdadero desafío.
Las cuotas, la paridad y la presencia femenina en cargos públicos son herramientas necesarias para corregir siglos de exclusión. Pero la igualdad sustantiva no depende únicamente de cuántas mujeres ocupen puestos de poder, sino de cuánto cambia la distribución del trabajo, la seguridad en las calles, las oportunidades laborales y el reconocimiento social dentro de los hogares.
En otras palabras: la representación abre la puerta, pero la igualdad transforma la casa.
Puebla refleja bien esa transición incompleta.
Hoy existen más liderazgos femeninos en la política, en la academia y en el sector empresarial. Sin embargo, las cifras de violencia, la sobrecarga de cuidados y las desigualdades laborales muestran que el cambio cultural todavía avanza con lentitud.
Por eso el 8 de marzo no es sólo una fecha de conmemoración ni una agenda de discursos institucionales. Es, sobre todo, un recordatorio de que la igualdad no se decreta: se construye.
Y esa construcción no ocurre únicamente en los congresos ni en los palacios de gobierno.
Ocurre —o debería ocurrir— en la vida cotidiana.
Porque, al final, la historia puede cambiar en las urnas; pero la cultura cambia la vida diaria de millones de mujeres. La igualdad no será real cuando cambie la ley, sino cuando cambie la vida cotidiana de las mujeres.
