
La promesa de volver a verse, de volver a sonreír, se quiebra por una muerte
En el camino se desatan dolores, de esos que te llevan al final del alma, los que te toman y no te dejan hasta que te ven tirado, humillado, amargado, lejos de esa felicidad infantil, esos que te hacen ver tu suerte, que están cada más cerca de otro mundo, de otras personas.
Existen tres caminos: sobrellevarlo, caminar con él hasta vencerlo no importa el tiempo; el renunciar y olvidar, dejarlo lo más lejos de uno a pesar de que sea de alguien muy querido. Otro camino más es salirse del camino y dejar la vida, porque esta vida dejó de ser vida por ese dolor.
De los nacidos por que los que estaban ya no están y no vale la pena seguir en un remolino que cada noche hace volver a los que han muerto.
Los que se van y fundan otras familias a pesar los gritos, ruegos y motivos que se exponen una y mil veces, pero todo está dicho y nadie quiere volver a un pasado que para uno fue bueno, pero para el que se va fue devastador.
Los dolores de los que se sienten en las fechas especiales, las navidades donde ellos ya no llegarán, en los cumpleaños donde ellos eran parte importante de los invitados, porque ellos uno a uno fueron dejando la vida.
El dolor de los que llegaron un día y sin más, se fueron así como llegaron, solo dejando dolor y soledad.
O los que se fueron sin que hayan llegado esos niños que temieron nacer y dejaron un mundo que los esperaba, y que al partir dejaron un dolor profundo de una ilusión que ya nunca volverá.
El dolor del abandono de uno mismo, todos se fueron, y solo queda una foto, un envase, una muñeca.
Suspiros quebrados.
