
Hace un año, en marzo de 2025, el Congreso de la Ciudad de México aprobó una reforma que transformó de raíz la tauromaquia en la capital del país. Las corridas no desaparecieron formalmente, pero se prohibió la muerte del toro y el uso de instrumentos punzantes dentro de las plazas, bajo el argumento de evitar sufrimiento animal.
La decisión fue celebrada como un avance ético y una victoria para el bienestar animal.
También fue denunciada por el mundo taurino como una prohibición disfrazada, porque como dice Neruda, de dos modos es la vida.
Un año después, el silencio en la Plaza México —la plaza de toros más grande del mundo— damos cuenta de que el cambio no fue menor. Febrero habría sido su tradicional temporada de aniversario, pero por primera vez en décadas los clarines, pasos dobles y oles, no sonaron.
Sin embargo, la tauromaquia no desapareció.
Simplemente se movió a otras latitudes.
La fiesta que se fue de la capital
Mientras la capital modificaba sus reglas, el resto del país absorbió la actividad. Hoy se realizan 4 mil 686 festejos taurinos al año en 669 municipios, con una derrama económica estimada en 9 mil 398 millones de pesos, según declaraciones del presidente de la Fundación de Cultura Taurina Rodolfo Gaona, Salvador Arias.
La actividad no se concentra en grandes ciudades, sino en el México profundo: Yucatán,Hidalgo, Jalisco, Estado de México, Aguascalientes y Guanajuato mantienen temporadas constantes. Alrededor de 7 millones de personas asisten cada año a eventos taurinos en el país.
La tauromaquia sostiene aproximadamente 83 mil empleos directos y 147 mil indirectos.
En México existen cerca de 240 ganaderías de toro de lidia, y cada una puede dar sustento a 25 o 30 familias rurales.
El toro que llega a la plaza es el resultado de un proceso de cinco años de crianza, inversiones constantes en tierra, alimento, genética y manejo veterinario.
Es decir: cuando la corrida desaparece, el toro sigue comiendo. Y la economía que gira alrededor de él no desaparece de inmediato.
MÉXICO Y SUS CONTRADICCIONES MORALES
Sin embargo, el debate nunca ha sido realmente económico.
La discusión sobre los toros toca algo más profundo: la jerarquía moral de nuestras violencias.
México permite hoy decisiones complejas sobre la vida humana, como la interrupción legal del embarazo en diversas entidades, bajo el principio de autonomía individual.
Al mismo tiempo consume, sin escándalo colectivo, una cultura popular saturada de violencia: narcocorridos que glorifican al sicario, series que romantizan al criminal, noticiarios que abren cada mañana con ejecuciones reales.
La violencia atraviesa nuestra vida cotidiana.
Y sin embargo, pocas discusiones despiertan una indignación tan intensa como la corrida de toros.
¿Por qué esta violencia ritual resulta intolerable mientras otras conviven con relativa normalidad?
EL SUPUESTO DE PUREZA CULTURAL
Una de las respuestas más repetidas afirma que la tauromaquia no es mexicana.
Pero México tampoco es culturalmente puro.
No somos exclusivamente pueblos originarios ni exclusivamente herederos europeos. Somos el resultado de conquistas, mezclas, imposiciones y apropiaciones acumuladas durante siglos.
Las corridas llegaron con la Nueva España, sí.
Pero también llegaron el idioma que hablamos, el derecho que nos rige y buena parte de las instituciones que estructuran la vida pública.
Negar su carácter mexicano implicaría aceptar algo incómodo:
que nuestra identidad también tendría que pasar por un proceso permanente de depuración histórica.
Las tradiciones no se legitiman por su origen.
Se legitiman por su permanencia.
Y durante casi cinco siglos, la tauromaquia formó parte del paisaje cultural del país.
LA VIOLENCIA QUE SÍ MIRAMOS
Quizá lo verdaderamente perturbador de la corrida no sea la violencia en sí, sino su franqueza.
La corrida no oculta la muerte.
No la edita.
No la disfraza.
La expone.
No ocurre en la clandestinidad del crimen ni en la distancia de una pantalla.
Es pública, ritual, estética y simbólica.
Y quizá ahí reside su carácter especial: obliga a enfrentar una realidad que la modernidad intenta esconder.
En una época que consume violencia filtrada por pantallas, editada, digitalizada o narrada, el ruedo presenta una confrontación directa con la vida y la muerte.
Eso incomoda.
Porque mientras otras violencias permanecen normalizadas —la del crimen organizado, la desigualdad estructural o la narrativa del poder armado— la tauromaquia convierte la muerte en un acto visible, ritual y consciente.
Y mirar de frente siempre resulta más perturbador que ignorar.
REGULAR LA TRADICIÓN O REDEFINIR LA SOCIEDAD
La reforma capitalina intenta reconciliar dos impulsos contemporáneos: preservar una práctica cultural y responder a una sensibilidad creciente hacia el bienestar animal.
No prohibió del todo.
Reguló hasta transformar.
Pero al hacerlo dejó abierta una pregunta mayor:
¿Debe el Estado redefinir las tradiciones cuando cambia la moral social?
Porque toda sociedad decide qué violencias tolera y cuáles condena.
Y esas decisiones rara vez son coherentes.
Hoy se protege al animal del espectáculo mientras millones de personas conviven diariamente con violencias mucho más devastadoras.
EL ESPEJO
Un año después de la reforma, la tauromaquia sigue viva en el país, lejos de la capital, en plazas pequeñas, pueblos y ferias regionales.
La Fiesta Brava no desapareció.
Se desplazó.
Pero el debate que dejó sigue abierto.
Porque en el fondo nunca discutimos solo sobre toros.
En esa discusión —como en el ruedo— México vuelve a encontrarse frente a sí mismo.
Discutimos sobre identidad, tradición, compasión, moral pública y poder político.
Discutimos sobre qué partes de nuestra historia estamos dispuestos a preservar y cuáles preferimos declarar inadmisibles para sentirnos una sociedad más civilizada.
Y ese espejo —más que los toros— es lo verdaderamente incómodo de México.
Porque al mirarlo descubrimos que el debate nunca fue sobre la muerte del toro, sino sobre la conciencia de una sociedad que aún no decide qué violencias está dispuesta a dejar atrás.
