
“Nunca olvides que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados.”
— Simone de Beauvoir
El 8 de marzo tiene dos escenarios que rara vez se cruzan, aunque hablen de lo mismo.
Uno ocurre en auditorios, patios coloniales y mesas de reflexión. El otro se desarrolla en las calles, entre consignas, pancartas y pasos que avanzan juntos.
Ambos forman parte del Día Internacional de la Mujer. Pero cuentan historias distintas.
I. La conversación institucional
En los días previos a la conmemoración, uno de los espacios de reflexión más significativos se realizó en el primer patio de Casa Arrieta, sede de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Puebla.
Ahí coincidieron diversas funcionarias que hoy ocupan posiciones relevantes dentro de la vida pública del estado.
Entre ellas estuvieron la presidenta del organismo, Rosa Isela Sánchez Soya; la fiscal general del estado, Idamis Pastor Betancourt; así como Alexa Espidio Sánchez, Apolonia Martínez Arroyo, Mónica Silva Ruiz, Blanca Yassahara Cruz García y Beatriz Camacho, la primera mujer titular del Consejo Cordinador Empresarial y todas en cargos directivos o de liderazgo en distintas instituciones estatales y municipales.
En ese espacio se habló de igualdad sustantiva, de derechos humanos y de los desafíos que aún enfrenta la seguridad de las mujeres. Temas que, cada año, forman parte del balance público cuando llega esta fecha.
Porque el 8 de marzo también es eso: una pausa para revisar cuánto se ha avanzado y cuánto falta por recorrer.
Pero la conmemoración no ocurre únicamente en los recintos oficiales.
II. La ciudad que recuerda
En el centro de la ciudad, otras formas de memoria comenzaron a tomar forma el domingo 8M.
Frente a la Fuente de San Miguel, en el Zócalo de Puebla, la colectiva artística La Colectiva Hilos colocó una intervención titulada Sangre de mi sangre, una pieza simbólica que evocaba la huella que la violencia ha dejado en la vida de miles de mujeres en el país y se pintó de morado el agua.
Horas después, sobre avenida Reforma comenzaron a reunirse los contingentes que participarían en la movilización Latido Común. La marcha reunió a mujeres de distintos contextos y luchas: buscadoras de personas desaparecidas, defensoras del territorio, mujeres de pueblos originarios, cuidadoras, activistas, jóvenes y niñas.
Entre las imágenes más significativas estuvo la participación de niñas y adolescentes scouts que, por primera vez, decidieron caminar junto a otros contingentes con sus uniformes.
Integrantes de la agrupación Siempre Listas, se sumaron a una movilización que reflejó la diversidad de experiencias que atraviesan la vida de las mujeres.
Las consignas fueron claras: justicia frente a la violencia de género, respuestas ante las desapariciones y un alto a los feminicidios.
III. El punto de fricción
El recorrido también tuvo momentos de tensión.
Uno de ellos ocurrió frente a la Fiscalía General del Estado de Puebla. Durante la protesta se registró un incidente cuando desde el interior del inmueble se utilizó polvo de extintor para apagar materiales que habían sido incendiados frente al edificio.
Algunas manifestantes señalaron que la acción afectó a personas que se encontraban en el exterior, mientras que la institución informó posteriormente que el uso del extintor tuvo como objetivo controlar el fuego y evitar riesgos mayores.
Más allá del incidente, la escena volvió a mostrar una realidad que se repite cada año.
Mientras en algunos espacios se habla de avances y compromisos, en las calles miles de mujeres siguen recordando que las demandas centrales siguen abiertas: seguridad, justicia y una vida libre de violencia.
Por eso el Día Internacional de la Mujer no es solamente una fecha de reconocimiento.
Es una fecha incómoda.
Porque obliga a mirar lo que todavía no se ha resuelto.
Las mujeres no son una promesa de futuro.bSon ya una parte decisiva del presente.
Y mientras la violencia, la desigualdad y la impunidad sigan marcando la vida de muchas de ellas, el 8 de marzo seguirá cumpliendo la misma función que tuvo desde su origen:
recordarnos que la igualdad no se declara, se construye.
