
El subir desde el inframundo por el sueño de la esperanza, así comenzamos
La noche fría. No me daba cuenta debajo de mi cobija en medio de esa cama que mi papá compró usada, pero para mí era lo más fuerte, de ángulo, colchón de borra, dura, un espacio mío, nadie se sentaba allí, solo yo. El día que la regalaron se fue una parte de mí y después de unos meses también me fui de casa.
Esa noche fue la más fría porque no estaba mi mamá para taparme nuevamente en esas noches que sentía cómo mi cuerpo se congelaba, entre charcos que no terminaban de secarse, los trabajadores lavaban los cristales de los comercios, los baños, el piso, y muchos como yo se abrazaban con sus propios brazos, revisando el lento reloj del fondo.
Con sus gorras, camisas sucias, olores a sudor, un pañuelo sucio pero que dejaban secar en los rayos del sol para seguirlo usando en la obra, entre los costales de cebollas y cajas de jitomate, esperando les compararan una sopa que rellenarían con tortilla para aguantar más entre comida y comida.
Esas patas de pollo, bien recibidas, huesos masticados lo más posible, porque era parte del acuerdo, un pago al día con comida; si no llegaba el velador podría dormir entre los cartones y el periódico para la maduración de los mangos verdes.
Eran pocas las necesidades, pero los sueños inalcanzables, según yo sería feliz cuando comprara mi camioneta, o desayunara un pan con huevo, cebolla, chiles y jitomate, para muchos un bocado de pobres, pero para mí era un sueño.
El frío no cesó, el hambre tampoco. Mi destino era rehacer mi vida, esperar los primeros rayos de sol, sentir como calienta mi cuerpo entre el olor a tierra mojada y perfume de los que se van a trabajar.
Deidades, eran mi único consuelo y sobrevivir.
