
La charla amena toma acuerdos mudos, silenciosos, el momento es lo importante
Sonó el celular y tomé uno, luego otro, corté la llamada, la charla estaba interesante.
-No había celulares, todos conservábamos monedas para tomar un teléfono público de caseta naranja, de bola, vinieron los cuadrados, algunos nos acercábamos a presionar el botón para que saliera alguna moneda de algún descuidado o alguien con prisa que la hubiera dejado, a veces eran aros de acero.
Las llamadas tenían un horario, a la hora de la comida cuando la gente podía ir al cuarto donde había un teléfono o que uno sabía que la persona muy posiblemente iba a responder.
Algunos lugares tenían un teléfono gratuito, en donde había una larga fila de gente y algunos trataban de hablar lo más rápido posible, hasta que un vigilante se daba cuenta que estar a lado del aparato le daba ciertas prevenidas, algunas personas le daban unas monedas, un refresco, con la promesa de devolver el envase en la tienda de la esquina hasta que alguien lo acusaba y dejaban ese lugar para ser asignados en otras oficinas de la ciudad.
Como en la televisión algunas personas golpeaban la caseta con el mismo teléfono y los demás protestaban que si lo descomponía lo acusarían con la policía, algunos pasaban de noche o madrugada para arrancar ese teléfono, que era el culpable de un accidente, una muerte de un familiar, no querían verlo más y lo tiraban a la basura, algún amigo tuvo ese teléfono donde su novia le dio el sí, por supuesto por medio de ese aparato.
Algunas veces la alcancía se llenaba, y era molesto que la gente de la compañía no pasara a vaciar esa caja negra.
Los que tenían dinero tenían unos en casa, muy brillantes, bajos una carpeta de estambre, y así se nos fue el tiempo.
Apagamos los celulares.
