Xavier Gutierrez

Emerge en la nata de la sociedad una capa producto del dinero fácil y la rudeza en las formas

En una de las pocas cosas en que acertó el presidente José López Portillo como candidato, fue en su lema de campaña“La solución somos todos”. Es una gran verdad, vigente ahora mismo.

El estilo de ser del mexicano, se ha dicho muchas veces, es culpar de todo al gobierno. Y paradójicamente, amplias capas de la sociedad, esperan todo del gobierno.

Basta entablar una conversación con alguien para que en algún momento desemboque en un análisis sobre el gobierno. Este, generalmente termina en un juicio sumarísimo condenatorio sin derecho a defensa.

Por eso se ha dicho que este es el deporte nacional por excelencia, muy por encima del futbol y el beisbol.

Pero en esa condena común y reiterativa, los concurrentes son hábiles para excluirse y poco falta para emerger como blancas palomas o ataviados con una túnica blanquísima, ajenos a toda culpa, vicio o complicidad.

Este comportamiento viene de muy atrás, pero hoy está más vigente que nunca. Porque las nuevas generaciones se han sumado entusiastas a esa socarrona práctica deportiva.

Y está visto que tal papel de jueces impolutos para nada les corresponde a los más acérrimos críticos. Basta una revisión somera del modus vivendi o del árbol genealógico de las voces que abominan del gobierno, la inseguridad, los servicios, o la narrativa gubernamental, para darse cuenta que la mayor parte de ellos están conectados con vínculos de menor o mayor grosor a esos entes duramente censurados.

O tienen su propia parcela de negocios, telaraña social hipócrita que convive con el sistema de impunidad. De él surgió, vive a su amparo y de sus formas se beneficia.

Es común escuchar hoy en día, sotto voce desde luego, la multitud de citas y conexiones de familias, jóvenes prósperos de vestuario de marca y carísimos coches, legiones de guaruras o claramente sicarios a su servicio, emparentados con tal o cual capo de las mafias que manejan negocios oscuros.

Se escuchan comentarios sobre la manera de vivir holgada, viajes a sitios exóticos, vestuario ridículo, vicios de locura, gustos estrafalarios, derroches de todo orden, de damas o juniors que gozan de una riqueza sorprendente surgida de la noche a la mañana.

Se habla también de empresas surgidas al vapor, adquisición de residencias descomunales, fortunas invertidas, exportadas o guardadas de modo inimaginable, de aparición súbita “en sociedad” de personajes sin antecedentes de trabajo, esfuerzo ni herencia.

Es el mundo de la pronta recompensa, del rendimiento inmediato, del dinero de origen delictuoso -a veces con manchas sanguinolentas, oloroso a traición otras, apestando a crimen o con marcas tenebrosas de horror, corrupción, chantaje, la delincuencia en mil formas- que florecen allá arriba en la nata de la sociedad del lujo, pero que tienen profundas raíces en todo esto, sí, raíces en el fango pestilente.

Toda esta atmósfera se cuida secretamente. Predomina arriba la simulación, la ropa cara y los derroches de todo orden. Abajo se ven las huellas del mal vivir, el fondo oscuro rodeado de sospecha. Los detalles que los acusan.

Pero hay algo que no puede esconderse y los delata: el estilo.

Hay en esa capa de la sociedad emergente por todo el país hoy en día, signos donde son visibles comportamientos, actitudes y vidas que tienen la marca del dinero fácil y mal habido y que riñen con la educación, la cultura, los buenos modales, las huellas de una buena escuela o digna cuna.

Son rudos, toscos en todas sus formas, no conocen el pulimento mínimo, menos la delicadeza.

Uno de los signos visibles de este nauseabundo origen es el lenguaje. Se usa una terminología escatológica alejada de todo sentido común, enemiga del respeto mínimo, de la decencia y la consideración hacia las personas con quienes tratan los miembros o militantes de esa mafia de cuello blanco.

La nervadura de la corrupción y el dinero fácil es extensísima. Hay complicidadesbeneficiarios… y testigos mudos por conveniencia, o sobrevivencia. Esto ocurre en el medio urbano y rural por igual. No hace distingo de partidos o niveles, credos o clases.

La franja de la sociedad al margen de esta sórdida caracterización es reducida.

En estas condiciones es ingenuo pensar que la solución tendría que venir forzosa y únicamente del gobierno. Si el problema somos todos, la solución necesariamente tendría que venir de todos, cosa verdaderamente difícil.

Es un terrible cáncer al que costará mucho atacar y extirpar.

Revise a su derredor…

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