Xavier Gutierrez

Un sencillo homenaje a dos veteranos poblanos, ejemplo de profesionalismo y calidad humana

No siempre la vejez es sinónimo de sabiduría. Pero hay personas de larga vida que han sabido convertirse, comúnmente sin pretenderlo, en pozos de sapiencia en los que vale mucho la pena abrevar de vez en cuando.

Me viene esto a la memoria por casos recientes que he visto de seres humanos con mucho mapa en los pies que disfrutan plenamente su vida con muchos calendarios encima.

Es el caso de un sabio de múltiples facetas, el doctor Salvador Calva Morales, un poblano de 82 años, infatigable en el arte de reflexionar y escribir, que ha publicado 45 libros de su autoría, toca violín, piano, salterio y guitarra y viaja por el país o el extranjero disfrutando la vida o impartiendo conferencias.

Es veterinario zootecnista, con maestrías en administración y docencia universitaria. Ha recibido doctorados de varias universidades, pero además es pintor, poeta, gran conocedor del arte taurino, amante y protector de los animales y filántropo.

Su capacidad creativa lo llevó a fundar la Universidad Mesoamericana, de la que es rector. Creó la primera carrera de veterinario zootecnista en el país y tiene en su propia Casa de Estudios una licenciatura en artes circenses, consecuencia de su cariño y conocimiento sobre los circos.

La temática de sus libros es extensa y atractiva: la zoología, el desarrollo humano, la educación, la poesía, la pintura, el erotismo y la sexualidad, el arte en todas sus manifestaciones y muchos asuntos más.

Un polímata. Pero además, como todos los grandes, es un hombre sencillo, que gusta del vino, el mezcal, el pan y la comunicación a través de su propio programa de radio por internet. Un personaje singular para quien cada día pareciera que está inaugurando la vida.

Otro, poblano también de magnífica madera, es el veterano fotógrafo de diarios, gran profesional y buen amigo, es Ángel Romero Vidal. “Angelito” o “Piolín”, es como lo conocemos en el medio periodístico y a sus 92 años sigue trotando, aunque ya ha puesto a descansar la cámara.

Es un hombre de larga experiencia en la fotografía periodística quien ha retratado a gobernadores, presidentes y papas, y ha vivido intensa y apasionadamente para su oficio durante muchas décadas. Lo hemos visto por la calle durante años y años y hasta pareciera que hombre y cámara son todo en uno.

Conoce todo Puebla, es depositario de un sinfín de anécdotas publicables y secretas, serias y triviales; tiene en la memoria el parentesco y las andanzas de conocidos poblanos y prácticamente no ha conocido el descanso.

Como periodistas, lo hemos visto cubrir con su cámara al hombro mil y un actividades de toda índole, recorrer a pie las calles de Puebla en días de intensa actividad o en jornadas en solitario, junto a un reportero o en grupo con otros colegas artistas de la cámara.

Particularmente recuerdo una anécdota que compartí con él, cuando un día luego de cubrir alguna actividad en Tehuacán, regresábamos a Puebla en un pequeño Volkswagen al caer la tarde. Era un mes lluvioso y a unos cuantos kilómetros de salir de la Ciudad de las Granadas nos sorprendió una fuerte lluvia.

El cielo se oscureció por negros nubarrones y el chaparrón se convirtió en un aguacero torrencial. De pronto la carretera se nos perdía por la negrura de la noche y la intensidad del agua. En el camino se formaban corrientes de agua que sacudían el auto, íbamos a vuelta de rueda y en tramos prácticamente sin ver. Sólo la tenue luz de algún autobús o trailer a lo lejos nos orientaba un poco.

Algo iluminaban, con escaso consuelo, los rayos seguidos de truenos en la profunda oscuridad.

Temimos que la fuerza de la corriente nos volcara el coche. La vimos cerca, sobre todo cuando en algunos instantes, en los segundos en que el parabrisas dejaba unos centímetros de visibilidad, pudimos observar magueyes, troncos y nopales que pasaban frente a nosotros arrastrados por el torrente amenazador que nos rodeaba.

Más dramático fue todo cuando pasaban las horas y entre frenadas y avances de unos metros, vimos cómo el agua arrastraba frente a nosotros el cuerpo de un burro ahogado entre ramas de árboles y hierba. Aquello fue una noche francamente temible.

Cuando vimos un terreno más o menos plano protegido por árboles nos detuvimos por mucho tiempo. Por fin amainó la fuerte lluvia y retomamos el camino, zigzagueando por los tramos donde las corrientes de agua cruzaban la carretera entre Tehuacán y Tlacotepec.

Ya después de cruzar Tepeaca las condiciones del clima eran otras y llegamos a Puebla como a las 4 de la mañana luego de unas diez horas de terror. Asustados pero finalmente salpicando con chascarrillos de humorismo aquella terrible jornada.

¡Gajes del oficio, con mi estimado Angelito Romero!

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